A veces mi falta de ganas y de energía, y mis ganas de llorar no son una depresión, son cansancio, vacío y necesidades no atendidas
“Sólo tengo ganas de llorar y de quedarme en la cama”, me dijo una vez una paciente. Su médico de cabecera le diagnosticó depresión y le recetó una medicación acorde al diagnóstico. Cuando le pregunté por su día a día, comparte un momento vital en el que combina el proceso de crianza de dos niños pequeños (uno de ellos lactante), lo que conlleva una mala calidad de sueño y una ocupación casi total durante su tiempo de ocio en la atención a los niños, una jornada laboral completa, una situación familiar de vulnerabilidad de algunas personas mayores de su clan, la preparación de unas oposiciones para la que se aproxima la fecha de examen, amigas que tiran de ella para solucionar algunos problemas o gestiones, una falta total de tiempo para atenderse y de espacios para bajar el ritmo, bajar el ruido, contactar consigo misma y sus necesidades… puede que se me esté escapando algo… pero tengo la idea, ante este panorama, de que quizá lo que esté pasando a esta mujer no tenga que ver con un proceso depresivo, sino más bien con un profundo cansancio y una profunda tristeza fruto de un periodo de tiempo continuado en el que ha tenido que sostener un nivel de estrés alto y un abandono de sí misma y sus necesidades casi total… y en este caso, a mi entender, los síntomas no tienen tanto que ver con una depresión que hay que tratar con medicación, como con una sobrecarga de la persona, en la que el cuerpo se ha puesto en “huelga”, porque durante un tiempo ha tenido una “jefa tirana” que no ha equilibrado las exigencias y los cuidados necesarios. Por fin, su sistema nervioso le avisa de que algo no está yendo bien, y que necesita hacer las cosas de otra manera.
A veces mi falta de ganas y de energía, y mis ganas de llorar no son una depresión, son cansancio, vacío y necesidades no atendidas
A veces, mis desregulaciones intestinales o dificultades para dormir no son ansiedad, sino nervios o miedo ante alguna situación que necesito afrontar y para la que no consigo contactar con mis capacidades y recursos.
A veces mi paralización ante una situación no habla de una fobia, sino de algo que me estoy obligando a hacer y no tengo claro que me vaya a venir bien… o sí lo tengo claro y no quiero hacerlo, pero no me atrevo a expresarlo.
A veces mi tensión corporal, mis pérdidas de control, mis explosiones de ira… no tienen relación con un trastorno de personalidad o un TDAH … sino con una dificultad para afrontar conflictos que me lleva al punto en el que he tragado tanto que no puedo tragar más, y no sé otra forma de hacerlo.
A veces cuando siento que no me tienen en cuenta y me priorizo y no siento culpa y pongo límites, no implica que tenga trastorno narcisista, sino necesidad de ver cómo hago para cuidarme en esa relación y poner límites pero aún no sé como hacerlo sin dañar el vínculo.
A veces, si he sufrido la pérdida de alguien importante y me deja de apetecer temporalmente hacer cosas sociales, en las que hay ruido y rapidez, no estoy pasando por un duelo patológico, estoy dándome mi tiempo para aprender a vivir sin la presencia de esa persona en mi vida, y para eso necesito bajar el ritmo y el ruido del entorno.
A veces… seguro que con buena intención, buscamos la explicación al malestar que sentimos en algo externo a nosotros, en un diagnóstico o una etiqueta que me ayude a explicar mi sufrimiento y que me posibilite una solución rápida y eficaz… sin embargo… en muchas ocasiones la solución no está en acallar al malestar o a los síntomas, sino en aceptar el malestar, la incomodidad de la emoción, tanto como sea necesario para poder entenderla y atender la necesidad de la que nos habla… pero hemos aprendido a luchar contra el malestar… hemos elaborado una serie de creencias en las que el malestar no es tolerado en nuestra sociedad actual, imponiéndonos tener que estar bien, y adoptando la postura de que si no es así, es que algo está mal en mí… y esto nos aporta más sufrimiento aún, porque a veces querer no es poder, a veces por mucho que mire el lado bueno de las cosas, el malo es tan grande que no puedo ignorarlo, a veces aprovechar el tiempo y las oportunidades me provocan un nivel de saturación que me sobrepasa… No se trata de victimizarnos y adoptar una postura de que todo es horrible… pero desde luego, habitar en la polaridad de lo que ya se llama “la tiranía de la felicidad” tampoco parece que sea la mejor opción.
Como psicoterapeuta, observo con preocupación cómo hemos transformado el sufrimiento inherente a la condición humana en un catálogo de trastornos clínicos, habiendo una tendencia a poner etiquetas a la experiencia del sufrimiento y a la búsqueda de diagnósticos. Esta tendencia nace, probablemente, de una buena intención: visibilizar la salud mental y reducir el estigma, acabar con el sufrimiento y controlar algo que nos asusta que se nos vaya de las manos. Sin embargo, el péndulo se ha ido al extremo opuesto, entendiendo la capacidad emocional del ser humano como una suerte de fragilidad o debilidad, cuando nada tiene que ver con esto.
Algunas características de nuestra sociedad actual que quizá fomenten esta tendencia:
- Analfabetismo emocional: Confundir la intensidad de una emoción con una patología por falta de herramientas para transitar el dolor.
- La cultura de la positividad tóxica: La creencia errónea de que el estado natural del ser humano es la felicidad perpetua (tendríamos también que pararnos a ver de qué hablamos cuando hablamos de “felicidad”)
- Consumo digital y algoritmos: Redes sociales inundadas de "tests" rápidos y creadores de contenido que simplifican diagnósticos complejos en vídeos de 30 segundos.
- La promesa del alivio rápido: Buscar una etiqueta médica para externalizar la culpa y encontrar una solución farmacológica o mágica inmediata.
Pero esta patologización genera algunos efectos profundamente nocivos:
- Pérdida de la agencia personal: Cuando un paciente se auto diagnostica con un "trastorno", a menudo adopta una postura pasiva. La etiqueta se convierte en una identidad («Yo soy ansioso») en lugar de un estado transitorio («Estoy experimentando ansiedad»). Esto frena el crecimiento y la responsabilidad sobre el propio cambio y favorece la justificación de lo que no sé hacer de otra manera.
- Miedo a la propia experiencia interna: Las personas empiezan a temer a sus propias emociones negativas. Sentir rabia, envidia, culpa o una profunda tristeza tras una pérdida no es una señal de que el cerebro esté roto; es la prueba de que el sistema emocional funciona perfectamente. Las emociones incómodas son brújulas dinámicas, no defectos de fábrica.
Desde este punto de vista, la psicoterapia no debería ser una búsqueda de etiquetas, sino un espacio para aprender a sostener la experiencia humana. Necesitamos volver a abrazar el concepto de emoción, sea la que sea. Sentir malestar en ciertas situaciones cotidianas no sólo es normal, sino que es sano, y en estos casos la psicoterapia no debe abogar por eliminar el malestar, sino por acompañarlo y ayudar a sostenerlo, porque sentir dolor ante una pérdida, dudar de uno mismo, sentir miedo ante la incertidumbre o experimentar apatía en días grises forma parte del tejido de la vida.
Creo que fue Einstein quien pronunció una célebre frase en la que defendía su derecho a equivocarse. Yo, desde aquí, hoy la matizo para reivindicar nuestro derecho sentir y emocionarnos… quedaría de la siguiente forma “Adoro mis emociones. No pienso renunciar al increíble derecho de emocionarme de la manera que necesite”.



