Crecer demasiado pronto: cuando un/a niño/a ocupa el lugar del adulto

Hay infancias que, desde fuera, parecen tranquilas y bien adaptadas, pero que por dentro esconden una carga que a menudo pasa desapercibida. Son niños y niñas que aprenden muy pronto a estar atentos a lo que ocurre a su alrededor, a intuir qué se necesita de ellos o a comportarse de una manera que ayuda a mantener la calma en el entorno. No es que sean “especialmente maduros”, sino que se ajustan a un clima familiar que les pide más de lo que un niño debería sostener.

Parentalización es el nombre que damos a este fenómeno, en el que las criaturas asumen funciones que, por edad y desarrollo, corresponden a los adultos de la familia.

No hablamos de ayudar en casa o colaborar con pequeñas tareas, sino de ocupar un lugar y responsabilidades que no les corresponden de forma continuada en el tiempo y sin reconocimiento por parte del entorno.

Puede manifestarse de dos maneras.

  • La parentalización instrumental aparece cuando el/la niño/a se hace cargo de responsabilidades que exceden su edad, como cuidar de los hermanos o mantener el funcionamiento cotidiano del hogar.
  • La parentalización emocional, más difícil de detectar, ocurre cuando el/la niño/a se convierte en confidente, mediador o apoyo afectivo del adulto, adaptándose para mantener la estabilidad emocional de la familia.

Los niños son extremadamente sensibles al clima emocional y cuando perciben que un adulto está desbordado, hacen lo que mejor saben hacer para preservar ese vínculo: adaptarse.

Se pueden desarrollar habilidades valiosas como la responsabilidad, la empatía, la capacidad de anticipación, fortaleza. Pero mientras se sostiene a los demás, hay aprendizajes que quedan en pausa: explorar quién soy, equivocarme sin miedo, descansar o sentir que alguien se ocupa de mí.

Cuando de pequeños aprendemos que un error puede desestabilizar a quienes queremos, equivocarse deja de ser parte del crecimiento y se convierte en una amenaza. El desarrollo se va dando de forma desigual y aparece una paradoja cuando muchas de estas personas al crecer no acaban de sentirse del todo adultas. Pueden ser personas funcionales, comprometidas y responsables, pero pueden sentirse profundamente inseguras al tomar decisiones propias. Pueden exigirse más que nadie, pueden vivir con la sensación de que su valor depende de lo que hacen por los demás o con la sensación de estar fallando continuamente.

Crecieron hacia la responsabilidad, pero no siempre hacia la identidad propia y así, reconocer las propias necesidades se hace inmensamente difícil.

La parentalización no suele aparecer por falta de amor. Solemos pensar en situaciones familiares extremas, pero también surge cuando los adultos están sobrepasados, ya sea por enfermedad, por estrés, separaciones, duelos o heridas no resueltas.

Si eres padre o madre y al leer esto algo se mueve dentro de ti, es importante entender que muchas veces los adultos que apoyan demasiado peso emocional en sus hijos, también fueron niños que crecieron demasiado pronto. Es difícil ofrecer una regulación que nunca se recibió.

La buena noticia es que estos patrones no son una condena. Son adaptaciones y las adaptaciones pueden transformarse.

Estos pequeños gestos nos pueden ayudan a recolocar a cada uno en su lugar:

  1. Hablar de temas de adultos con otros adultos

El/la niño/a no debe ser confidente ni regulador emocional.

  1. Nombrar lo que le corresponde a cada uno

“Esto es de adultos, yo me encargo”

  1. Reparar después de haber metido la pata

“Lo siento. Me puse nerviosa y no debí hablarte así” La reparación es más importante que la ausencia de errores.

  1. Permitir que el/la niño/a tenga necesidades

Que pueda equivocarse, pedir ayuda, tener problemas propios sin sentir que eso nos desestabiliza.

  1. Observar si el/la niño/a está cargando con demasiado

Frases como “Eres la única que me entiende” o “No sé qué haría sin ti” pueden colocarlo en un lugar que no le corresponde.

  1. Crear espacios de juego y de descanso

El juego devuelve al niño a su lugar. La espontaneidad, la risa, el juego son antídotos contra la carga excesiva.

  1. Buscar apoyo para uno mismo

Un adulto acompañado puede acompañar mejor. Recuerda que cuidarse es cuidar a la familia.

Cuando un adulto empieza a hacerse cargo de su propio malestar y busca apoyo fuera del vínculo con sus hijos, algo cambia en el sistema familiar.

Y cuando quien fue un/a niño/a parentalizado comienza a permitirse descansar, pedir ayuda o equivocarse sin castigarse, empieza un crecimiento que quizá quedó pendiente.

Y ese puede ser el comienzo de una historia diferente.

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